Rayma

Rayma

noviembre 19, 2007

Filosofando en la autopista.

Filosofando en la autopista
Arthur Schopenhauer es un recuerdo que quedó en el último puesto de un autobús, apenas balbuceado por un hombre muy alto que hablaba del filósofo pesimista. Él decía que había leído sus postulados, sin embargo, ese compañero de carretera ocasional no parecía un ser afligido, no era tímido, ni siquiera lector. Nos besamos en la oscuridad de aquél transporte y supe que había heredado un falo con remanentes de escultura mítica, digna de ritos fertilizadores arcaicos. Lloviznaba cuando bajamos en la parada y caminamos resueltamente hasta un hotelucho feo, decorado con una miseria que se extendía en sus sábanas manchadas de sudores ajenos.
Recordé una escena de una película cubana, un poco antes de sentirme hundida en medio de aquella cama macilenta que de pronto se convirtió en un gemido largo, apenas entrecortado por el jadeo, en una corriente deliciosa y vacía, que recorrió mi cuerpo en un espasmo increíble de gozo nunca olvidado. Después nos encaramos nuevamente a la lluvia y el frío de la calle, yo fumaba un cigarrillo y él me pagó el taxi. No recuerdo su nombre, sólo estremecimientos leves cuando pronuncio Schopenhauer.
Posdata: Quizá esto no sea más que una excusa para hacer un inventario de mis remiendos, convirtiéndome en una traficante de vergüenzas íntimas, de renuncias y desencuentros, de metáforas ardientes ocultas en el traspatio de la imaginación que naufraga con el polvo del reloj de cristal.
Lesbia Quintero. (Noviembre 2007)

noviembre 18, 2007

Dedicado a Marissa Arroyal, en una calurosa tarde invernal a falta de catorce días para "aquello en aquello, por aquello"

La tarde se esparce, y el calor agobia y en la sala Rodolfo Walsh no estaba nadie y no era la cueva de Polifemo. Un libro de Suzuki estaciona la mirada, giro y en medio de la bruma roja rojita, me encuentro un cuento de gatos para niños y eso que me llevé el mapa de la orientación de los gatos de Julio Cortázar, entonces tú no estabas, la sala Rodolfo Walsh vacía, como un satori, y los haiku dándome vueltas y el sol que agobia, nada en mp3, puro disquete, vacío del pasado y tristeza, hastío y soledad del presente.
No me quiero imaginar la clausura de esta noche. Los libros envueltos en la mirada melancólica de un carajo llamado Che Guevara, cómo recomendar la Feria si se parece demasiado a la de "Los Funerales de Mamá Grande", en qué vitrina coloco la mirada tuya que no estaba; sabes, no jodas, no vi los libros de Jorge Rivadeneyra, ni los primeros ni los últimos de Adriano González León. Sólo tengo, resbalando entre mis manos, el libro de la Guerra a muerte de Simón Bolívar por R. B. Fonbona. Me dirigí hasta la "Quinta esencia" "Por la tenue-rendija-noche día-espléndida-la orquídea." Con una sobredosis de calor me largué con mi esposo, Santiago de Compostela, hacia un bar de chinos, aquí en Palo Verde, y entonces me acordé de "La pequeña estela de octubre", "para que tus ojos serenos se posen en el alba y el ocaso." Mi esposo y yo brindamos por ti y decidimos no volver nunca jamás a ese parque, donde la Maga, de Cortázar, enterró un día el paraguas.
Magally Ramírez, en Caracas a los 18 días del mes de noviembre de 2007.