Dedicado a Marissa Arroyal, en una calurosa tarde invernal a falta de catorce días para "aquello en aquello, por aquello"
La tarde se esparce, y el calor agobia y en la sala Rodolfo Walsh no estaba nadie y no era la cueva de Polifemo. Un libro de Suzuki estaciona la mirada, giro y en medio de la bruma roja rojita, me encuentro un cuento de gatos para niños y eso que me llevé el mapa de la orientación de los gatos de Julio Cortázar, entonces tú no estabas, la sala Rodolfo Walsh vacía, como un satori, y los haiku dándome vueltas y el sol que agobia, nada en mp3, puro disquete, vacío del pasado y tristeza, hastío y soledad del presente.
No me quiero imaginar la clausura de esta noche. Los libros envueltos en la mirada melancólica de un carajo llamado Che Guevara, cómo recomendar la Feria si se parece demasiado a la de "Los Funerales de Mamá Grande", en qué vitrina coloco la mirada tuya que no estaba; sabes, no jodas, no vi los libros de Jorge Rivadeneyra, ni los primeros ni los últimos de Adriano González León. Sólo tengo, resbalando entre mis manos, el libro de la Guerra a muerte de Simón Bolívar por R. B. Fonbona. Me dirigí hasta la "Quinta esencia" "Por la tenue-rendija-noche día-espléndida-la orquídea." Con una sobredosis de calor me largué con mi esposo, Santiago de Compostela, hacia un bar de chinos, aquí en Palo Verde, y entonces me acordé de "La pequeña estela de octubre", "para que tus ojos serenos se posen en el alba y el ocaso." Mi esposo y yo brindamos por ti y decidimos no volver nunca jamás a ese parque, donde la Maga, de Cortázar, enterró un día el paraguas.
La tarde se esparce, y el calor agobia y en la sala Rodolfo Walsh no estaba nadie y no era la cueva de Polifemo. Un libro de Suzuki estaciona la mirada, giro y en medio de la bruma roja rojita, me encuentro un cuento de gatos para niños y eso que me llevé el mapa de la orientación de los gatos de Julio Cortázar, entonces tú no estabas, la sala Rodolfo Walsh vacía, como un satori, y los haiku dándome vueltas y el sol que agobia, nada en mp3, puro disquete, vacío del pasado y tristeza, hastío y soledad del presente.
No me quiero imaginar la clausura de esta noche. Los libros envueltos en la mirada melancólica de un carajo llamado Che Guevara, cómo recomendar la Feria si se parece demasiado a la de "Los Funerales de Mamá Grande", en qué vitrina coloco la mirada tuya que no estaba; sabes, no jodas, no vi los libros de Jorge Rivadeneyra, ni los primeros ni los últimos de Adriano González León. Sólo tengo, resbalando entre mis manos, el libro de la Guerra a muerte de Simón Bolívar por R. B. Fonbona. Me dirigí hasta la "Quinta esencia" "Por la tenue-rendija-noche día-espléndida-la orquídea." Con una sobredosis de calor me largué con mi esposo, Santiago de Compostela, hacia un bar de chinos, aquí en Palo Verde, y entonces me acordé de "La pequeña estela de octubre", "para que tus ojos serenos se posen en el alba y el ocaso." Mi esposo y yo brindamos por ti y decidimos no volver nunca jamás a ese parque, donde la Maga, de Cortázar, enterró un día el paraguas.
Magally Ramírez, en Caracas a los 18 días del mes de noviembre de 2007.
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